miércoles, abril 15, 2009

Inseguridad maldita













Cuando al mediodía regresaba a casa caminando luego de dejar el colectivo, escuché un grito y levanté la vista. A unos 30 metros ví a una pareja jugar. El la empujaba con el brazo tratando de alcanzar con uno de sus pies un bulto en el suelo. Parecía que quería pisar un pequeño gato. La mujer volvió a gritar y me sonó simpático al igual que las parejas llenas de arrumacos y sonrisas que ví en los últimos días en las innumerables colas que tuve que hacer para pagar servicios.

Sin embargo, cuando los gritos me volvieron a la realidad, me di cuenta que el tipo levantó del suelo la cartera de la mujer: LE ESTABA ROBANDO. Y todo comenzó a pasar rápidamente: a unos metros, a orilla del asfalto de la calle, le esperaba otro tipo en un pequeño ciclomotor. El gordito de remera blanca tomó la cartera y ambos fugaron en el instante.

Me quedé helado porque no hice nada. Cuando supe que era un robo me quedé pensando demasiado: miré hacia atrás por si había algún policía… pero todo tarde. No atiné ni a gritarles a los delincuentes. Pensé inmediatamente en los míos. Pero m e quedó el remordimiento: y si a los pibes míos les pasa los mismo ¿quién los ayudará?

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